lunes, 8 de junio de 2009

Como el coral se aferra a las rocas

lunes, 8 de junio de 2009
Nueva York. Una escultora. Morena cuarenta y pocos años, de pensamiento socialista; preocupada por el calentamiento global y por su perro ¨Woody¨, quien posee una extraña afición hipocondriaca. Le encanta leer en sus ratos libres a Charles Bukowski, Neal Cassady y a William Burroughs. Su disco preferido es "Confusion Is Sex" the Sonic Youth, pero también adora a Haydn; a veces se masturba con el "Trío baryton para viola y violonchelo n.º 63". Casada por error y divorciada a conciencia se dispone a vivir entera y por completo para sí misma.

En este momento de su vida esta preparando una exposición acerca de la recepción corpórea del dolor en el ser humano. De cinco piezas previstas ha realizado ya cuatro y le queda una más, la última. Su modelo es un chico que acaba de cumplir 19 años, y que fue maltratado por su padre, durante casi más de quince, hasta que los servicios sociales decidieron internarle. Hace unos meses que trabaja en la panadería de la misma calle donde ella vive.

En la primera sesión él se siente un poco avergonzado al desnudarse delante de la escultora que casi tiene la edad de su madre. Aquella madre que dejaba que su padre le pegara. Pero, poco a poco, se va olvidando de la escultora y se pone a pensar en que quiere estudiar leyes en la NYU, dos manzanas mas abajo de donde trabaja. La escultora descubre un cuerpo magullado, pero un cuerpo precioso. Descubre la tristeza de sus ojos, la caída en la comisura de sus labios por no sonreír; cicatrices de cristales en su costado, una hendidura en su espalda y multitud de antiguos cardenales que agolpan sus extremidades. La sesión dura mas de cuatro horas mientras ella toma notas y dibuja un montón de garabatos en una libreta, al final toma unas fotografías y le da 150 dólares. Más de lo acordado. Él ni siquiera sonríe, todavía no se fía de la gente.

Ella se obsesiona con acabar la ultima pieza para su exposición, así que trabaja día y noche en conseguir plasmar en la escultura todo el dolor que se imagina ha sufrido su último modelo; costilla a costilla, herida a herida empieza a sufrir los golpes en su cabeza como si fueran reales, y se va enamorando cada vez mas de la arcilla que moldea, del cuerpo imperfecto de aquel chico. La escultura la obsesiona, la aparta durante casi un mes del mundo exterior, su amiga Kat y su perro Woody son su único contacto. Todo el dolor que sufre esta acabando con su energía. No se acuerda de comer y se traga un montón de pastillas, para trabajar, para dormir, para trabajar..., sus músculos no pueden más, sus labios cortados, su piel reseca, su corazón roto.

La noche en que logra terminar la escultura está exhausta y no siente ese placer que suele sentir cuanto termina una pieza, esta vez es diferente, esta vez ha conseguido esculpir algo realmente suyo, a interiorizado el dolor de ese cuerpo, canalizándolo de nuevo hacia el exterior, dotándolo de un halo casi real, triste, desolador, terrible. Liberada, mira la escultura desde la distancia con exhalaciones humeantes, se acerca y comienza a acariciar la fría arcilla. Al tacto de sus dedos se imagina que la escultura está cobrando el calor de su cuerpo. La siente viva. Dominada por el cansancio, un escalofrío empieza a humedecer y se excita, intenta hacer el amor con la escultura y se embadurna para sentir la misma sensación. Se funde con ella a golpes de arcilla.

A la mañana siguiente, la escultura y ella misma son un sólo elemento. Ella se aferra a las piernas magulladas, desesperada, con una expresión de dolor y placer al mismo tiempo. La escultura tiene dos personajes cubiertos de arcilla seca. Ella muere literalmente por su obra. Se ha pegado al dolor con su propia muerte, como el coral se aferra a las rocas.

1 comentarios:

Laura

Este relato me gustó mucho en su momento, cuando me lo mandaste hace unos meses.
Me ha encantado el blog.
Besicos p8los


www.fotolog.com/p8ladas

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