jueves, 7 de mayo de 2009

Detrás de los arbustos

jueves, 7 de mayo de 2009

“Flores que una vez tuvieron el tamaño de los pinos ahora vuelven a sus macetas”
"El juego favorito" de Leonard Cohen


Ella odiaba su pelo, negro, espeso y largo. Pero no quería cortárselo, pensando quizás en alguien que se atreviera a usarlo para subir a su ventana, como si de un a princesa se tratara. No le gustaba su cuerpo; pero era una chica hermosa desde su singularidad. Michelle, trabajaba como secretaria en una pequeña compañía de empréstitos en Williamsburg, no disponía de muchos amigos y se pasaba la mayor parte del tiempo en la biblioteca leyendo libros románticos, y de vez en cuando alguno más picante. Su apetito se ahogaba con sus miedos y se le pasaba el tiempo como si jamás llegara a tocarlo. A veces paseando por el parque perdía la noción del tiempo, pensando en su príncipe, y las ardillas celosas le miraban de reojo.

Él no pudo contener la respiración cuando se encontró a Michelle llorando en el parque, se acercó lentamente y le ofreció un pañuelo con el nombre de Pierre bordado. Ella sin levantar su rostro se limpió y se quedo repasando el bordado con la punta de sus dedos, el silenció era una melodía que se estremecía bajo su piel y le causó un escalofrío. Cuando levantó la cabeza se encontró con un rostro hermoso de larga melena rubia, barbilampiño, de labios arqueados y ojos color calabaza. El perfume en el pañuelo y ese rostro angelical la habían aturdido, y se había embriagado de un aire espeso y dorado que parecía envolverlos.

Pierre llegó a NY para olvidarse de su mujer, Cécile, que le dejó por un hombre mayor que él. No llevaba más de 4 meses y su ingles tenía un acento marcadamente francés. Sus horas transcurrían pesadas a base de largos paseos y su lengua se deshacía siempre antes de mediodía dentro de un vodka con tónica (nunca se sintió suficiente hombre para el whisky).

Cuando veía a una chica que le gustaba la seguía por el metro y por la calle, hasta que se cruzaba con otra.

El aura que les inundó en el parque parecía un cristal a punto de romperse, pero Pierre cariñoso y atento consoló a Michelle quien todavía aturdida pensaba en el siguiente capitulo de su cuento de hadas.

Durante un hora pasearon por el parque con la cabeza alta y jugando con sus dedos entrelazados; hablaron de todo y de nada. Se reían. Todo era como había soñado, un príncipe lejano que venía a salvarla de su soledad.

Pero no pasó mucho tiempo hasta que la música cambió de registro y detrás de unos arbustos se escondía Michelle semidesnuda, abrazándose a sus piernas y empapada en llanto. Su príncipe se torno en demonio y acabo con el pañuelo bordado en su boca, silenciada. Había sido destruida por el sacrilegio de su cuerpo. Y su alma se quebró.

Ya nunca más pudo confiar en los ángeles, ni en los principies azules de sus novelas. Desde entonces solo espera el día de su muerte, desde su pequeño apartamento de Brooklyn.


Sr. Rubio

1 comentarios:

narso .v.r.

eoooo...Sr. Rafael, ya tienes a tu primer seguidor..jejejeje. Todo bien? espero y creo. Perdona que no comente la entrada, la leeré con tiempo que estoy en el trabajo y hasta arriba. Te envio un gran saludo. Hablamos pronto. Un abrazo.

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